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S.S. DE JUJUY CELEBRÓ SU FIESTA PATRONAL

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LA CIUDAD DE S.S. DE JUJUY, FUNDADA UN LUNES DE PASCUA DE 1593 CON EL NOMBRE DE S.S. DE JUJUY, CELEBRÓ SU FIESTA PATRONAL.

DESDE LA 17 HS UNA MULTITUD DE FIELES PARTICIPÓ DE LA SOLEMNE PROCESIÓN Y DE LA SANTA MISA PRESIDIDA POR EL OBISPO DIOCESANO, MONS. CESAR DANIEL FERNÁNDEZ.

EN SU HOMILÍA EL OBISPO DIJO:

6 de agosto de 2022

SANTISIMO SALVADOR

Queridos hermanos:

Estamos viviendo esta hermosa fiesta de Iglesia honrando al Santísimo Salvador, nuestro Patrono.  Lo hacemos junto con toda la Iglesia que celebra en su liturgia de hoy la fiesta de la Transfiguración del Señor.

La lectura del Evangelio que acabamos de escuchar nos invita a la contemplación del misterio de nuestro Salvador Jesucristo.  Los tres Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan son los testigos privilegiados de este acontecimiento.  El Maestro, tan cotidiano y familiar, a punto de bajar a su pasión salvadora,  para que no se escandalicen de los sufrimientos de su pasión, les descubre su grandeza y su belleza como Hijo de Dios.

Ellos quedan fascinados por esta contemplación de su hermosura y por boca de Pedro piden quedarse allí, levantar tres carpas, para que se prolongue este misterioso y fascinante encuentro.  Sin embargo, hay una voz que viene del cielo que nos lleva a prestar la atención a aquello que el Padre Dios está esperando de ellos y de nosotros: Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”.

Nosotros queremos tomar en serio esta voz del Padre que nos presenta a Jesucristo, su Hijo y nos dice: “escúchenlo”.  Nuestra vida y salvación se encuentran encerradas en esa actitud: escuchar al Hijo de Dios.  Escucharlo en su Palabra; escucharlo en la voz de la Iglesia; escucharlo en el día a día de nuestro caminar cuando nos habla por la voz de nuestra conciencia y nos invita siempre a vivir siempre mejor nuestra vida cristiana; escucharlo en este tiempo sinodal que estamos viviendo en la voz de nuestros hermanos y en la voz del Espíritu que guía a la Iglesia para que pueda discernir el querer amoroso de Dios para nuestro tiempo.

Sabemos que esta ciudad se ha fundado bajo el amparo del Santísimo Salvador.  Ciertamente, nuestros antepasados, desde la profundidad de su fe quisieron levantar una ciudad donde el Hijo de Dios fuera el punto de referencia para la vida cotidiana.  Para ellos tenía un hondo contenido el poner el nombre del Salvador a la ciudad.  Anhelaron profundamente, como cada vez que se emprende con ilusión una tarea importante, que al amparo de su Cruz salvadora los hombres de esta ciudad pudiéramos vivir cobijados por su Amor.

Quisieron que amparados en su Cruz Salvadora, realizáramos nuestra vocación de hijos de Dios y de hermanos entre nosotros.  Esa cruz del Salvador llama y cobija a todos: se abre a los cuatro puntos cardinales de nuestra geografía para decirnos que somos su pueblo, como le cantamos en el himno a nuestro Patrono.  Y que el designio de Dios es que lleguemos a ser un pueblo unido para alcanzar ese destino de gloria que Dios nos promete en el cielo, pero que quiere que ya lo vayamos preparando en la medida en que la justicia, la fraternidad, la solidaridad, el respeto mutuo y la paz, van siendo los medios habituales con los que plasmamos nuestra vida cotidiana y hacemos grande nuestra historia.-

Hoy venimos a honrar al Salvador del mundo con la preocupación que nos ha entristecido el corazón en estos últimos tiempos.  La pandemia del Covid que se llevó muchas vidas y dejó en muchos de nosotros secuelas en nuestra salud, en nuestra vida personal y familiar, en la economía y en el desarrollo de la sociedad.

Sin haber dado por terminada la lucha contra ese flagelo, otra peste: – la guerra en Ucrania y en otros tantos lugares del planeta – nos ha mostrado el horror de la muerte y de la soberbia de algunos que se sienten dueños de la vida de los otros y la triste constatación de que la humanidad,  que ha sido tantas veces diezmada por el azote de la guerra, no comprendió todavía el camino de la fraternidad y esto desde aquel primer fratricidio de la humanidad cuando Caín levanta su mano asesina contra su hermano Abel.

En nuestra patria Argentina no estamos mejor.  Los Obispos argentinos, ante la celebración de mañana del patrono del pan y del trabajo, San Cayetano reflexionábamos:

“Pedir por el trabajo es pedir que todos los trabajadores y trabajadoras tengan derecho a vivir dignamente del fruto de sus esfuerzos cotidianos y a desplegar sus potencialidades y talentos para aportar al crecimiento de nuestra Patria.

También suplicamos el pan de cada día, como nos enseñó Jesús. El pan que alimenta nuestra vida y que diariamente se hace más inalcanzable a causa de la inflación asfixiante que padecemos y que genera miseria. ¿Cómo no pensar en la cantidad creciente de hermanos y hermanas que se acercan cotidianamente a los comedores, en los adultos mayores que no pueden comprar sus medicamentos, en las familias cuyos ingresos son cada vez más insignificantes? … El pan que se pide para todos, el que se logra con el propio trabajo, es un clamor de justicia.

Pedimos también el pan de la fraternidad, porque el pan no se come en soledad, se comparte en la mesa de familia, en comunidad. ¡Cuánto necesitamos este pan en una sociedad agrietada y enfrentada donde no acabamos de entender que “nadie se salva solo” y parece imposible generar proyectos comunes, donde la verdadera brecha se agiganta cada vez más en relación a los últimos, a los que padecen la pobreza y peor aún la indigencia!

¡Cuánto bien nos haría dialogar y compartir el pan de las ideas y de las prácticas que construyan una fraternidad política, para pensar prioritariamente en quienes más sufren esta crisis y para buscar soluciones honestas y realistas que prescindan del uso clientelar de la necesidad de la gente!

El Evangelio, nos dice que Jesús murió “para reunir a los hijos de Dios dispersos”.  A través de la Iglesia, casa y escuela de comunión, Dios nos sigue llamando a reunirnos desde la dispersión para formar una familia.  Nos rescata del egoísmo al darnos al prójimo como hermano.  Nos saca de nuestro pequeño y egoísta proyecto personal para construir el nosotros de la comunidad en la que vivimos.  Y ello lo hacemos, no sólo declamando frases piadosas y más o menos convincentes, sino poniendo la vida en este empeño, jugándonos como lo hizo Jesús por todo lo bueno y noble por lo que vale la pena vivir y morir.

Queridos hermanos pongamos nuevamente hoy ante el Santísimo Salvador nuestra vida, la vida de nuestras familias, de nuestra provincia, de nuestra querida patria argentina.  Pidámosle al Señor que nos cobije nuevamente.  Que sea cobijo para los niños que se están gestando, para aquellos que están creciendo, para los jóvenes que necesitan cobijo frente a la tentación de la desesperanza.  Que cobije a las familias que quieren trabajar honestamente y vivir unidas.  Que cobije a los más pobres y a los enfermos y nos enseñe a no desentendernos de ellos.  Que cobije a todo hombre y mujer de buena voluntad que quiera hacer grande a nuestra sociedad y a nuestra patria construyendo con su vida honesta y laboriosa la anhelada civilización del amor.

Al recordar hoy el décimo año de mi toma de posesión de esta sede diocesana de Jujuy quiero terminar con la súplica que les dirigiera aquel día:

     “Levantemos nuevamente nuestra mirada al Santísimo Salvador.  Como “ayer, hoy y siempre” Jesucristo es el mismo.  Un rostro a contemplar. Un Nombre que anunciar. Una vida plena que ofrecer. Una presencia a hacer visible en nuestras celebraciones y fiestas populares.  Una cercanía misericordiosa junto a los pobres, enfermos y pecadores.  Una esperanza que anunciar.  Y todo un mundo nuevo a construir cada día, allí donde haya espacio para el Amor”. 

Estos son mis sueños y mis deseos, como –seguramente – también los de todos ustedes.  Se los confío al Santísimo Salvador a nuestra Señora del Rosario de Rio Blanco y Paypaya y a nuestro primer beato jujeño, don Pedro Ortiz de Zárate.

Que así sea

DESPUÉS DE LA MISA SE LLEVÓ A CABO UNA SERENATA EN HONOR AL SSMO. SALVADOR.

 

 

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