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HOMILÍA DEL OBISPO EL 6 DE AGOSTO DE 2021

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ESTA ES LA HOMILÍA QUE PRONUNCIÓ EL OBISPO CESAR DANIEL FERNÁNDEZ EL 6 DE AGOSTO DEL 2021 EN EL 9º ANIVERSARIO DE SU TOMA DE POSESIÓN DE LA DIÓCESIS

6 de agosto de 2021

Solemnidad del Santísimo Salvador

 

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año nos reunimos este día para celebrar al Santísimo Salvador, Patrono de nuestra ciudad de San Salvador y de la Diócesis de Jujuy, coincidiendo con la fiesta litúrgica que celebra toda la Iglesia en torno al misterio de la Transfiguración del Señor.

Las lecturas bíblicas que hemos escuchado nos orientan al mensaje central del Evangelio, donde la humanidad de Jesús se manifiesta transfigurada ante los ojos de los tres discípulos elegidos: Pedro, Santiago y Juan.  Ellos serán después los testigos más cercanos de su agonía.

El Evangelio de San Mateo nos relata que seis días antes de este episodio, Jesús había anunciado a sus discípulos que debía ir a Jerusalén a padecer la pasión para resucitar al tercer día.  Los discípulos se sintieron desanimados al escuchar este anuncio y escuchar que para ellos también, seguir a Jesús, significaría cargar con su cruz y seguirlo.

Por eso, esta escena de la Transfiguración del Señor es una palabra de ánimo, pues en ella se manifiesta la gloria de Jesús y se anticipa su victoria sobre la cruz que se acerca.

Jesús se muestra ante los ojos de los discípulos y ante nuestros propios ojos que lo contemplan hoy desde la fe, como el Salvador que tanto deseamos y esperamos.  Más aún, es el Hijo de Dios a quien tenemos que contemplar, para que mirando en El al vencedor de la muerte, podamos asumir las exigencias de este hoy difícil que estamos viviendo y que interpela a nuestra fe.

Metámonos en esta escena del Evangelio y junto con Pedro, Santiago y Juan pidamos hoy al Señor que nos permita contemplarlo en toda su belleza y majestad, a fin de disipar las dudas, la tristeza, la desolación y el escándalo de la pasión.   Particularmente hoy queremos afirmarnos en la fe a partir de la contemplación de su gloria en este momento de turbación que nos produce la pandemia que azota al mundo.

Ha pasado casi un año y medio desde que este flagelo se hizo sentir entre nosotros con su crudeza, dejando una secuela de sufrimiento y dolor por la enfermedad y la pérdida de muchos seres queridos, la angustia de las separaciones forzadas, la pérdida de las fuentes laborales y el aumento escandaloso de los índices de pobreza e indigencia que no dejan de crecer mes a mes.

La pandemia ha desnudado la crudeza de un sistema económico injusto que sumergió aún más a quienes menos tienen y que alejó del horizonte de la satisfacción de sus mínimas necesidades a casi la mitad de nuestro pueblo.

Quienes tienen las enormes responsabilidades de torcer esta situación no sólo entre nosotros, sino en el mundo entero, parecen no atinar a ponerle remedio, o no querer romper con la lógica de la concentración de los recursos entre unos pocos dejando a dos tercios de la humanidad sumergida en el abandono a causa del egoísmo y la indiferencia de quienes cultivan la lógica del “sálvese quien pueda”.

Frente a todo esto, nosotros queremos hoy nuevamente mirar y presentar al Salvador del mundo – como lo ha hecho el Padre en la escena de la transfiguración: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo.»

Escuchar a Jesucristo es el principio y el fundamento de la misión de la Iglesia y de nuestra vida cristiana.  Escuchar para encontrar en su Palabra una orientación decisiva y un nuevo horizonte a nuestra vida y abrazar desde allí la misión de la Iglesia de anunciar a todos el Reino de Dios.

Los tiempos sin difíciles, los desafíos son grandes, pero tomados de la mano del Salvador del mundo podemos llenar de sentido este presente y comprometernos como constructores de un mundo nuevo y de un mañana mejor.

El Salvador del mundo nos dice: “No tengan miedo” (Mt.28,5).  Como a las mujeres en la mañana de la resurrección nos invita a buscar al Resucitado.  Nos alientan los signos de la victoria del Salvador Resucitado, mientras que suplicamos la gracia de la conversión y mantenemos viva la esperanza que no defrauda.  Gracias a esta fuerza del Señor resucitado hay muchos signos de vida y esperanza que se crean cada día, sobre todo entre los más humildes, compartiendo el pan, multiplicando una copa de leche para los niños u organizándonos en las comunidades para que no falte un plato de comida en la casa de los que menos tienen.

Estamos convencidos de que la Palabra que el Salvador quiere decir a nuestra vida es la certeza del amor que hemos recibido del Padre y la unción del Espíritu Santo que nos marcó con el sello de ese amor por toda la eternidad.

Así participamos de la fuerza vivificante de su vida divina.  Así pasamos de la muerte a la vida, de la tristeza al gozo, del absurdo al hondo sentido de la existencia, del desaliento a la esperanza que no defrauda.  Y esto no es un sentimiento pasajero sino la condición de vida de los que hemos renacido en Jesucristo para vivir y anunciar los valores de su Reino de justicia, de amor y de paz.

Los Obispos latinoamericanos nos dijeron bellamente en Aparecida: “Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado” (DA 18).

Con los ojos iluminados por la luz de Jesucristo resucitado renovemos hoy en este día frente al Santísimo Salvador nuestra vida, vocación y misión como Iglesia y como cristianos.

Y puestos frente al Salvador pidamos no sólo por nosotros, sino que hoy pongamos en su Corazón todos los dolores y sufrimientos de la humanidad.  Los que conocemos y los que no conocemos.  Los dolores nuestros, de los cercanos y de los alejados.  Los dolores más hondos de los que perdieron la esperanza. Pidamos por los que ya se cansaron de pedir o no saben a quién más recurrir.   Por todos y por cada uno pidamos:

“Salva a tu Pueblo, Señor y bendice tu heredad. Si de Jujuy Patrón eres, para que todos se asombren, que brille tu Santo Nombre y cante con devoción.  La tierra, el cielo, el orbe, por toda la eternidad.  Salva a tu Pueblo, señor y bendice tu heredad”.

Santísimo Salvador, ten piedad de nosotros.  Así sea.

 

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