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SAN FRANCISCO JAVIER – Reflexión del obispo

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JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO

MEMORIA DE SAN FRANCISCO JAVIER

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     7, 21. 24-27

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.

Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande.»

Palabra del Señor.

 

Queridos hermanos y hermanas:

En este jueves de la primera semana de Adviento celebramos la memoria de San Francisco Javier.  Como la vida y la existencia de los santos es el mejor comentario al Evangelio porque ellos lo han hecho vida, quisiera presentarles hoy unas breves líneas de la vida de este gran santo.

Francisco Javier fue el primer misionero en llegar a Japón. Nació en 1506 en el Castillo de Javier, en Navarra, en el norte de España y falleció muy joven, a la edad de 46 años, un 3 de diciembre de 1552 en China.

Fue a estudiar a París en 1528, a la Universidad de la Sorbona. Allí comenzó a entrelazarse su vida con la de Ignacio, con quien fundará más tarde la Compañía de Jesús y de quien será su mejor amigo.

Es en París, donde con otros cinco compañeros se constituye lo que sería el grupo fundacional de la Compañía de Jesús. El 15 de agosto de 1534, una vez finalizados los estudios, juran votos de caridad y castidad, a la vez que prometen viajar a Tierra Santa, en la cripta del Martirio, de Monmartre.

En 1537 se reúne con Ignacio de Loyola para viajar a Italia y es ordenado sacerdote el 24 de junio de 1537. Durante su estancia en Venecia, mientras esperaban el barco para ir a Tierra Santa, se dedica junto a sus compañeros a predicar por los alrededores. Ante la tardanza del viaje, vuelven a Roma y se ofrecen al Papa para ser enviados a cualquier otro lado.

En 1540 parte hacia Lisboa, donde comenzará la etapa más importante de su vida: la de misionero. El viaje a Portugal se debió a la solicitud del embajador portugués en Roma, Pedro de Mascarenhas, que pidió en nombre de Juan III de Portugal a Ignacio de Loyola algunos hombres suyos para enviarlos a las Indias Orientales. Para ese viaje Francisco fue nombrado por el Papa legado suyo en las tierras del Mar Rojo, del Golfo Pérsico y de Oceanía, a uno y otro lado del Ganges.

El 7 de abril de 1541, día que cumplía 35 años, empieza la expedición hacia las Indias orientales. Llega el 22 de septiembre a Mozambique. Allí se queda hasta febrero del año siguiente.  Después de trece meses navegando mientras servía a enfermos y necesitados, desembarcó en Goa, donde empezó una odisea titánica de islas, lenguas, predicaciones y servicio desde allí hasta Japón.

En Yamaguchi obtuvo del príncipe la garantía de respeto a los conversos al cristianismo. Ante esa perspectiva realiza, junto con sus dos compañeros, una intensa labor de predicación que da su fruto en la creación de una pequeña comunidad católica. Su trabajo tuvo la oposición de grupos religiosos locales.

Su denuncia al Rey de Portugal por el espolio de riquezas en las Indias en lugar de favorecer la evangelización le costó dolorosos fracasos, pero pidiendo fuerzas a Dios prosiguió incansable hasta la isla de Sancián, en un intento de entrar en China. Allí, a los 46 años entregó su espíritu sembrando en la tierra su honda huella por Cristo, de donde nacería una entera generación de misioneros. Fue canonizado por el Papa Gregorio XV en 1622 junto a Ignacio de Loyola.

Leemos hoy un extracto de una carta de San Francisco Javier escrita a San Ignacio de Loyola:

Visitamos las aldeas de los neófitos, que pocos años antes habían recibido la iniciación cristiana. Esta tierra no es habitada por los portugueses, ya que es sumamente estéril y pobre, y los cristianos nativos, privados de sacerdotes, lo único que saben es que son cristianos. No hay nadie que celebre para ellos la misa, nadie que es enseñe el Credo, el Padrenuestro, el Avemaría o los mandamientos de la ley de Dios.

    Por esto, desde que he llegado aquí, no me he dado momento de reposo: me he dedicado a recorrer las aldeas, a bautizar a los niños que no habían recibido aún este sacramento. De este modo, purifiqué a un número ingente de niños que, como suele decirse, no sabían distinguir su mano derecha de la izquierda. Los niños no me dejaban recitar el Oficio divino ni comer ni descansar, hasta que les enseñaba alguna oración; entonces comencé a darme cuenta de que de ellos es el reino de los cielos.

    Por tanto, como no podía cristianamente negarme a tan piadosos deseos, comenzando por la profesión de fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, les enseñaba el Símbolo de los apóstoles y las oraciones del Padrenuestro y el Avemaría. Advertí en ellos gran disposición, de tal manera que, si hubiera quien los instruyese en la doctrina cristiana, sin duda llegarían a ser unos excelentes cristianos.

    Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa. principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno!»

    ¡Ojalá pusieran en este asunto el mismo interés que ponen en sus estudios! Con ello podrían dar cuenta a Dios de su ciencia y de los talentos que se les han confiado. Muchos de ellos, movidos por estas consideraciones y por la meditación de las cosas divinas, se ejercitarían en escuchar la voz divina que habla en ellos y, dejando de lado sus ambiciones y negocios humanos, se dedicarían por entero a la voluntad y al arbitrio de Dios, diciendo de corazón: «Señor, aquí me tienes; ¿qué quieres que haga? Envíame donde tú quieras, aunque sea hasta la India.»

San Francisco Javier junto con Santa Teresita del Niño Jesús son los patronos de las Misiones.  Encomendemos a ellos toda la acción misionera de la Iglesia.  Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

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