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EL QUE SE ENSALZA…Reflexión del obispo

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SÁBADO DE LA TRIGÉSIMA SEMANA DURANTE EL AÑO

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     14, 1. 7-11

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola:

«Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar.

Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate más”, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.»

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

La conclusión del cap. 13 de Lucas nos hacía comprender que la salvación no es una obra humana, sino que sólo puede ser recibida como un don absolutamente gratuito por parte de Dios. Veamos, pues, cómo acontecerá este don de la salvación.

Ante el peligro de las amenazas cada vez más fuertes que sufre el Señor, le sugirieron a Jesús que huyese, y sin embargo, como sucede en el texto que acabamos de escuchar, el Señor acepta la invitación a una comida. Esta actitud de Jesús hace comprender que Él no teme las tentativas de agresión a su persona, ni siquiera le dan miedo.

El que lo invita es “uno de los jefes de los fariseos”, una persona con autoridad. La invitación tiene lugar en sábado, un día ideal para las comidas festivas, que normalmente se tenía hacia mediodía, después que todos habían participado en la liturgia sinagogal. Durante la comida, los fariseos “lo estaban observando” (v.1): una acción de control y de vigilancia que hace alusión a la sospecha sobre su comportamiento. Con otras palabras, lo observaban esperando de él alguna acción incompatible con la idea que ellos tenían de la ley. Pero a fin de cuentas lo controlan no tanto para salvaguardar la observancia de la ley, sino para atraparlo en algún gesto. El sábado, después de haber curado ante los fariseos y doctores de la ley a un hidrópico, ofrece dos reflexiones sobre cómo hay que acoger la invitación a la mesa y con qué ánimo hay que hacer la invitación (vv. 12-14).

La primera la llama Lucas “una parábola”, es decir, un ejemplo, un modelo o enseñanza a seguir. Ante todo, cuando invitamos a una comida, hay que invitar gratuitamente y con libertad de ánimo. Con frecuencia, los hombres, en vez de esperar la invitación, se adelantan y se hacen invitar. Para Lucas, el punto de vista de Dios es el contrario, el de la humildad. La llamada a participar de la “gran cena” del Reino tiene como éxito la mejora del nivel de vida del que sabe acoger gratuitamente la invitación a la salvación.

Por otro lado, Jesús nos dice que al sentarnos en la mesa debemos buscar el último lugar. Es verdad que ceder el propio sitio a los otros no resulta gratificante, sino que puede ser humillante; es una limitación del propio orgullo. Pero resulta más humillante y motivo de vergüenza cuando hay que cambiarse al último lugar; entonces es un deshonor ante los ojos de todos.

Por una parte, Lucas piensa en todas las situaciones humillantes y dolorosas en las que el creyente se puede encontrar, y por otra, en el sitio reservado para el que vive estos acontecimientos ante los ojos de Dios y de su reino. Los orgullosos, los que buscan los primeros lugares, los notables, se pavonean de su situación social.

Al contrario, cuando Jesús vino a habitar entre nosotros, “no había sitio para él” (2,7) y decidió seguir ocupando un lugar entre la gente humilde y pobre. Por esto Dios lo ha ensalzado. De aquí, la preciosa sugerencia de optar por su misma actitud, escogiendo el último lugar.

Hablando de la humildad, el Santo padre Pío de Pietrelcina escribía:

“La humildad es la verdad, y la verdad es que yo no soy nada. Por consiguiente, todo lo bueno que tengo viene de Dios. Pero a veces malgastamos lo que Dios ha puesto de bueno en nosotros. Cuando veo la gente que me pide algo, a veces ni pienso en lo que podría darles, sino en lo que no soy capaz de dar y por tanto, muchas almas quedan sedientas porque yo no he sabido transmitirles lo que Dios les quería dar.

La idea que el Señor viene cada día a nosotros y nos da todo, nos tendría que llevar a la humildad. Sin embargo, pasa lo contrario porque el demonio despierta en nosotros sentimientos de orgullo. Esto no nos honra. Hay, pues, que luchar contra nuestro orgullo. Cuando nos parece que nos puede, paremos un instante, hagamos un acto de humildad. Entonces, Dios que ama los corazones humillados vendrá en nuestra ayuda”.

Que el Señor nos ayude en este día a comprender y a vivir la virtud de la humildad para que así podamos imitar a nuestro Señor que fue pobre y humilde de corazón.  Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

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