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LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS – Reflexión del obispo

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VIERNES DE LA VIGÉSIMO NOVENA SEMANA DURANTE EL AÑO

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     12, 54-59

Jesús dijo a la multitud:

«Cuando ven que una nube se levanta en occidente, ustedes dicen en seguida que va a llover, y así sucede. Y cuando sopla viento del sur, dicen que hará calor, y así sucede.

¡Hipócritas! Ustedes saben discernir el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo entonces no saben discernir el tiempo presente?

¿Por qué no juzgan ustedes mismos lo que es justo? Cuando vas con tu adversario a presentarte ante el magistrado, trata de llegar a un acuerdo con él en el camino, no sea que el adversario te lleve ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y este te ponga en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.»

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de hoy nos presenta un llamamiento de parte de Jesús para aprender a leer los Signos de los Tiempos. Fue este texto lo que inspiró a Juan XXIII el convocar a la Iglesia para prestar atención a los Signos de los Tiempos y percibir mejor las llamadas de Dios en los acontecimientos de la historia de la humanidad.  Así se gestó el Concilio Vaticano II y desde allí es una praxis habitual en la vida de la fe el escrutar los signos de los tiempos para percibir la voz de Dios en los acontecimientos de la vida.

Jesús dice que todos saben interpretar los aspectos de la tierra y del cielo y así verbaliza una experiencia humana universal. Todos sabemos leer los aspectos del cielo y de la tierra. Nuestro propio cuerpo percibe cuando amenaza lluvia o cuando suceden los cambios del tiempo.  Jesús se refiere a la contemplación de la naturaleza como una de las fuentes más importantes del conocimiento y de la experiencia que él mismo tenía de Dios. Así nos habló de la lluvia que cae sobre buenos y malos, y el sol que sale sobre justos o injustos.

De acuerdo a esto Jesús saca la conclusión para sus contemporáneos y para todos nosotros: “Ustedes saben discernir el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo entonces no saben discernir el tiempo presente?” San Agustín decía que la naturaleza, la creación, es el primer libro que Dios escribe. Por medio de ella Dios nos habla.

La Biblia, el segundo libro de Dios, fue escrito no para ocupar o reemplazar la Vida, sino para ayudar a interpretar la naturaleza y la vida y para aprender de nuevo a descubrir los llamados de Dios en los acontecimientos. ¿Por qué no juzgan ustedes mismos lo que es justo? Compartiendo entre nosotros lo que vemos en la naturaleza, iremos descubriendo la llamada de Dios en la vida.

Luego aplica esta idea a la reconciliación. Aconseja procurar la reconciliación antes de que sea demasiado tarde. Cuando llegue la hora del juicio, será demasiado tarde. Cuando tengamos tiempo, procuremos cambiar de vida, de comportamiento y de modo de pensar y procuremos acertar la dirección de nuestra vida (cf. Mt 5,25-26; Col 3,13; Ef 4,32; Mc 11,25).

San Juan Pablo II nos enseñaba:

“El concilio Vaticano II, con una expresión tomada del lenguaje de Jesús mismo, designa como «signos de los tiempos» (ib., 4) los indicios significativos de la presencia y de la acción del Espíritu de Dios en la historia.

La advertencia que dirige Jesús a sus contemporáneos resuena fuerte y saludable también para nosotros hoy: «Saben interpretar el aspecto del cielo y no pueden interpretar los signos de los tiempos».

Jesús invita al discernimiento con respecto a las palabras y las obras que atestiguan la llegada inminente del reino del Padre.

La disposición providencial de los signos de los tiempos se hallaba escondida primero en el secreto del designio del Padre (cf. Rm 16, 25; Ef 3, 9); luego hizo irrupción en la historia y en ella se desarrolló con el signo paradójico del Hijo crucificado y resucitado (cf. 1 P 1, 19-21). Es acogida e interpretada por los discípulos de Cristo a la luz y con la fuerza del Espíritu, en espera vigilante y activa de la llegada definitiva que llevará a plenitud la historia, más allá de sí misma, en el seno del Padre.

Así, por disposición del Padre, el tiempo se despliega como una invitación a «conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» para irse «llenando hasta la total plenitud de Dios» (Ef 3, 19). El secreto de este camino es el Espíritu Santo, que nos guía «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13)”.

Con el corazón confiadamente abierto a esta perspectiva de esperanza descubramos hoy nuestra misión como discípulos misioneros que desean impregnar al mundo con el sentido de la esperanza cristiana.   Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

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