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AL CESAR LO DEL CESAR – Reflexión del obispo

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DOMINGO VIGÉSIMO NOVENO DURANTE EL AÑO

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     22, 15-21

    Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?»

    Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto».

    Ellos le presentaron un denario. Y Él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?»

    Le respondieron: «Del César».

    Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios».

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

El contexto del Evangelio de este Domingo es el debate entre Jesús y las autoridades. Comienza con la discusión con los sacerdotes y los ancianos sobre la autoridad de Jesús (Mt 21,23-27). Después viene la parábola de los dos hijos, en la que Jesús denuncia la hipocresía de algunos grupos (Mt 21,28-32). Siguen dos parábolas, la de los viñadores asesinos (Mt 21,33-46) y la de los invitados que no quieren participar en el banquete nupcial (Mt 2,1-14). Ahora aquí, en nuestro texto, (Mt 22, 15-22), aparecen los fariseos y los herodianos que le preparan una trampa. Le hacen preguntas sobre el tributo que hay que pagar a los romanos. Este era un asunto polémico que dividía a la opinión pública. Querían a toda costa acusar a Jesús y, así, disminuir su influencia sobre la gente.

Los fariseos y herodianos que intervienen aquí eran los líderes locales no apoyados por el pueblo en Galilea. Habían decidido desde hacía tiempo matar a Jesús. (Mt 12,14; Mc 3,6). Ahora, por orden de los sacerdotes y ancianos, quieren saber de Jesús si está a favor o en contra de pagar el tributo a los romanos. Bajo la apariencia de fidelidad a la ley de Dios, buscan ponerle una trampa y tener motivos para acusarlo. Si Jesús hubiese dicho: “¡Se debe pagar!”, podrían acusarlo entre el pueblo de ser amigo de los romanos. Si Él hubiera dicho: “¡No se debe pagar!”, podrían también acusarlo a las autoridades romanas de ser un subversivo.

Jesús se ha dado cuenta de la hipocresía. En su respuesta, no pierde el tiempo en discusiones inútiles y va directamente al meollo de la cuestión: “¿De quién es esta imagen y la inscripción?” Ellos responden: “¡Del César!”

Jesús los lleva a la conclusión: “¡Pues, den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!”. De hecho, ellos reconocían ya la autoridad del César. Estaban dando ya al César lo que era del César, porque usaban sus monedas para comprar o vender y hasta para pagar el tributo al Templo. Por consiguiente, la pregunta era inútil. ¿Por qué preguntar por algo, cuya respuesta es ya evidente en la práctica?

Ellos, que por la pregunta fingían ser siervos de Dios, estaban olvidando la cosa más importante: ¡olvidaban dar a Dios lo que era de Dios! A Jesús le interesa que “den a Dios lo que es de Dios”, o sea, que recuperen al pueblo que por su culpa se había alejado de Dios, porque con sus enseñanzas cerraban al pueblo la entrada del Reino (Mt 23,13).

En  toda circunstancia hay que tener siempre muy claro y presente que el César no es el Señor. Por eso no puede disponer de nosotros, de nuestra libertad y de nuestra conciencia, como si fuera Dios. Cuando la autoridad política pretende dominar sobre la vida y la conciencia de los ciudadanos aparecen las dictaduras, que oprimen al hombre, que lo reducen a esclavitud, porque le niegan la libertad, y con ella su dignidad personal. Sólo a Dios le debemos la libertad y sólo a Él se la podemos y debemos entregar.

Dios es el único que garantiza y salvaguarda la libertad del hombre; Dios es el garante último de la dignidad inviolable de la persona humana. ‘A Dios lo que es de Dios’. ¿Y qué le debemos a Dios? ¿Qué hemos de entregarle? Cada uno de nosotros llevamos impresa en nuestro corazón la imagen de Dios, pues somos criaturas suyas; cuando Jesús nos manda dar a Dios lo que es de Dios, nos está indicando que lo único que podemos dar a Dios que sea digno de él es nuestro corazón, somos nosotros mismos.

A Dios lo único que le interesa es el bien del hombre, que esa imagen suya que llevamos dentro cada uno de nosotros resplandezca más cada día. Pero esto sólo será posible si no entregamos el corazón al César, es decir, al reino de este mundo, a las pretensiones de la codicia, del poder, del dinero, de la sensualidad.

El corazón, como la libertad, es sólo para Dios; esta entrega es la que Jesús pide cuando dice: ‘A Dios lo que es de Dios’. Ya se sabe que el César reclama lo suyo y se lo lleva, lo queramos o no.  Pero Dios no es así, no exige lo suyo por la fuerza; si nos pide la entrega de nuestro amor, es para agrandarlo y purificarlo, es para elevarlo a su imagen y semejanza.

Para eso celebramos cada domingo la Eucaristía, la memoria del Señor Jesús entregado por nosotros; es de aquí de donde sacamos fuerza para no dejarnos dominar por los señores de este mundo, porque la Eucaristía es la fuente y el fundamento de nuestra libertad, fuerza y libertad que pedimos para todos los cristianos que sufren persecución y martirio en tantos lugares del mundo.

Que el Señor los bendiga en este domingo.

+ Padre Obispo Daniel

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