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LA DUREZA DE LOS QUE ESCUCHAN AL SEÑOR – Reflexión del obispo

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LUNES DE LA VIGÉSSIMO OCTAVA SEMANA DURANTE EL AÑO

Nuestra Señora del Pilar

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     11, 29-32

Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: «Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.

El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.

El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.»

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

En la lectura que acabamos de escuchar el evangelista Lucas pone en labios de Cristo, que va de camino hacia el Misterio Pascual que se consumará en Jerusalén, una serie de enseñanzas, exhortaciones, respuestas y reproches.  Ahora le toca el turno a un grupo de ese pueblo “cabeza dura” que tiene dificultades para acoger la Palabra de Dios.

Se preguntan: ¿Qué señal ofrece este Jesús para que le creamos? Se trata de una muchedumbre no muy diferente a aquella de Nínive a la que predicó el profeta Jonás, que no sabía distinguir el bien del mal; no muy diferente de aquella comunidad a la que escribía Lucas y quizá no muy diferente a muchos de los hombres de hoy que están en busca de algo extraordinario y al mismo tiempo, inmediato.

La respuesta de Jesús es drástica.  Habla de juicio y de condena.  Sin embargo, por detrás de la referencia a Jonás, a quien toma Jesús como símbolo de su muerte y resurrección, está todo el peso de la misericordia salvífica de Dios.  Ésta les había sido ofrecida a los ninivitas a cambio de una humilde conversión y a la Reina del sur por su generosa búsqueda de la sabiduría.  La Palabra de salvación pide tanto a los judíos como a los griegos un espíritu abierto.

El Señor nos ha dicho: “Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc.11, 28).  Este anuncio de bienaventuranza contrasta todavía más con el juicio y la condena, que están reservados a quienes han recibido el tesoro de la Palabra revelada y, esclavos de una falsa fidelidad a la Ley, no saben reconocer las señales de la presencia del Salvador, y a quienes no son capaces de aceptar el duro lenguaje de la cruz, ni se atreven a esperar en la resurrección.

Muchos hombres, e incluso creyentes deseamos una seguridad, una certeza de nuestra fe. Queremos tener ante nuestros ojos una prueba, un milagro. Y tenemos que pensar que cada día es una buena ocasión para buscarla, o, más bien para encontrarla, para contemplarla, porque ya la tenemos.

Porque Cristo, clavado en la cruz, es la gran señal que anhelamos. La prueba de un amor incondicional y desinteresado; un amor que se entrega hasta el extremo de dar la vida por el amigo. El crucificado nos hace ver un milagro más extraordinario que cualquier otro: el del amor, que se demuestra en el dolor. Basta que le contemplemos detenidamente para que obtengamos una plena seguridad sobre la cual construir nuestra vida: la de sabernos y sentirnos profundamente amados.

Esta señal constituye también una invitación. Cristo nos invita a convertirnos en “señales” para nuestro prójimo. Que cuando nos vean actuar, sepan y crean que existe el amor. Que por nuestro modo de vivir, tengan la seguridad de que vale la pena ser seguidor del hombre que aparentemente fue derrotado en la cruz. Para ser “señales”, pruebas vivas, hay que aprender como Cristo, a subir a la cruz. Ahí está la señal del amor.

Con el deseo de que esto se haga realidad en nuestra vida, oremos unos por otros y que el Señor nos bendiga a todos.

+ Padre Obispo Daniel

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