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Memoria de los ángeles custodios – REFLEXIÓN DEL OBISPO

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VIERNES DE LA VIGÉSIMO SEXTA SEMANA DURANTE EL AÑO

MEMORIA DE LOS ANGELES CUSTODIOS

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     18, 1-5. 10

    Los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?»

    Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.

    Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial».

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

Como todos los años, el 2 de octubre, la Iglesia nos hace celebrar en la Liturgia la memoria de los Ángeles custodios, como para recordar al cristiano que no está sólo en su camino.  Porque existe una creación visible que podemos ver, al menos en parte, con los ojos corporales, pero también existe una creación invisible pero real, que sólo podemos percibir con los ojos espirituales, mediante la fe, la oración y la luz interior que nos da el Espíritu Santo.

“Todo fiel tiene junto a sí un ángel como tutor y pastor, para llevarlo a la vida”, decía San Basilio al referirse al ángel custodio, aquel que Dios pone a cada uno desde la concepción.

La presencia y la acción de los ángeles aparecen a lo largo del Antiguo Testamento en muchos de sus libros sagrados. Aparecen frecuentemente también en la vida y enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo, en las cartas de San Pablo, en los Hechos de los Apóstoles y principalmente en el Apocalipsis.

Los ángeles nos protegen, nos defienden físicamente y nos fortalecen al combatir las fuerzas del mal. Luchan con todo su poder por nosotros y con nosotros. Como ejemplo tenemos la milagrosa liberación de Pedro que fue sacado de la prisión por un ángel (Hch 12,7ss) y cuando el ángel del Señor detuvo el brazo de Abraham para que no sacrificara a Isaac.

Nos preguntamos: ¿qué son los ángeles? En primer lugar podemos decir que son un signo luminoso de la Divina Providencia para con nosotros; un signo de la bondad paternal de Dios, que no deja que falte a sus hijos nada de cuánto es necesario.  Como intermediarios entre el cielo y la tierra, son criaturas invisibles puestas a nuestra disposición para guiarnos en el camino de retorno a la casa del Padre.  Vienen del cielo para volver a llevarnos al cielo y para hacernos pregustar, ya desde ahora, algo de las realidades celestiales.

Creo personalmente que en algunas ocasiones es posible experimentar de manera concreta y sensible la custodia de los ángeles, con tal que sepamos reconocerla.  Se trata de encuentros “casuales” o de una ayuda imprevista e inesperada que recibimos en una situación de peligro; o de una intuición fulminante que nos permite darnos cuenta de un error o de un olvido, etc.

¿Cómo no sentirnos guiados, protegidos y amablemente socorridos?  Los ángeles nos protegen de muchos peligros de los que ni siquiera nos damos cuenta.  Sobre todo del peligro de no escuchar a Dios y de no obedecer su Palabra y nos sugieren siempre pensamientos rectos y humildes y buenos sentimientos.

A semejanza de ellos también nosotros estamos llamados a prestarnos los unos a los otros un servicio semejante al de los ángeles y a hacernos buena compañía a lo largo del camino de la vida, para llegar juntos a contemplar el rostro de Dios.

Recordemos hoy algunas oraciones, que quizá aprendimos desde niños a rezar, pidiendo la compañía y la ayuda de nuestro Ángel de la guarda:

“Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, hasta que me pongas en los brazos de Jesús, José y María”.

“Ángel Santo de mi guarda, a cuya custodia y protección con admirable providencia me encomendó el Altísimo desde el primer instante de mi vida: yo te doy gracias, Santo Ángel mío, por el cuidado que has tenido de mí, por la compañía que me has hecho y por haberme librado de los peligros de alma y cuerpo; por tanto, a ti me encomiendo de nuevo, glorioso protector mío: defiéndeme de mis enemigos visibles e invisibles, y ayúdame con tus santas inspiraciones, para que siendo fiel a ellas, logre gozar de tu compañía en la patria celestial. Amén.

Con estos pensamientos pasemos hoy un bendecido día.  Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

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