Inicio Diócesis Jesús envía a los doce – REFLEXIÓN DEL OBISPO

Jesús envía a los doce – REFLEXIÓN DEL OBISPO

361
0

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     9, 1-6

Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar a toda clase de demonios y para curar las enfermedades. Y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos, diciéndoles: «No lleven nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tampoco dos túnicas cada uno. Permanezcan en la casa donde se alojen, hasta el momento de partir. Si no los reciben, al salir de esa ciudad sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos.»

    Fueron entonces de pueblo en pueblo, anunciando la Buena Noticia y curando enfermos en todas partes.

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

La lectura del Evangelio que acabamos de escuchar da cuenta de que para Jesús, predicar la conversión, expulsar toda clase de demonios y curar a los enfermos son las tres tareas del discípulo misionero.  Son las mismas cosas que hizo Jesús.

Las consignas de Jesús son tres.  En primer lugar una orden: el misionero ha de llevar sólo lo estrictamente indispensable, nada más.  Se trata de una invitación a la pobreza entendida como libertad (dejar todo para seguirlo) y fe (el Señor mismo proveerá a sus discípulos).

Viene a continuación una norma de sentido común: el discípulo itinerante no ha de ir de una casa a otra; ha de elegir una casa digna y hospitalaria, y quedarse en ella el tiempo necesario.

Por último una sugerencia sobre cómo comportarse en caso de rechazo.  Porque el rechazo está previsto: al discípulo se le ha confiado una tarea, pero no se le garantiza el éxito.  Frente al rechazo ha de comportarse como Jesús: si lo rechazan en un sitio ha de irse a otra parte.  “Sacudirse el polvo” es un gesto de juicio, no de maldición: pretende subrayar la gravedad del rechazo, la ocasión malgastada.

Como ejemplo de actitud apostólica de alguien que se dejó impulsar por el Espíritu para llevar la Buena Noticia del Evangelio hasta el Oriente, quiero compartir con ustedes el testimonio de San Francisco Javier, quien en una carta dirigida a San Ignacio de Loyola decía:

“Desde que he llegado aquí, no me he dado momento de reposo: me he dedicado a recorrer las aldeas, a bautizar a los niños que no habían recibido aún este sacramento… Los niños no me dejaban recitar el Oficio divino ni comer ni descansar, hasta que les enseñaba alguna oración; entonces comencé a darme cuenta de que de ellos es el reino de los cielos (Mc 10,14). Por tanto, como no podía cristianamente negarme a tan piadosos deseos, comenzando por la profesión de fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, les enseñaba el Símbolo de los apóstoles y las oraciones del Padrenuestro y el Avemaría. Advertí en ellos gran disposición, de tal manera que, si hubiera quien los instruyese en la doctrina cristiana, sin duda llegarían a ser unos excelentes cristianos.

Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa, principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno!»

¡Ojalá pusieran en este asunto el mismo interés que ponen en sus estudios! Con ello podrían dar cuenta a Dios de su ciencia y de los talentos que les han confiado. Muchos de ellos, movidos por estas consideraciones y por la meditación de las cosas divinas, se ejercitarían en escuchar la voz divina que habla en ellos y, dejando de lado sus ambiciones y negocios humanos, se dedicarían por entero a la voluntad y al arbitrio de Dios, diciendo de corazón: «Señor, aquí me tienes; ¿qué quieres que haga? (Hch 9,10; 22,10) Envíame donde tú quieras, aunque sea hasta la India.»

Que este ejemplo de San Francisco Javier, Patrono de las Misiones junto a Santa Teresita de Lisieux, nos anime a ser también nosotros auténticos discípulos misioneros, como nos recuerda el Papa Francisco en Evangelii Gaudium (127):

“Hoy que la Iglesia quiere vivir una profunda renovación misionera, hay una forma de predicación que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos. Es la predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación y también es la que realiza un misionero cuando visita un hogar. Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino”.

Recordamos hoy también al Santo Padre Pío y damos gracias a Dios por su testimonio sacerdotal y su entrega a los demás para llevarlos a Dios a través, sobre todo, del testimonio de su vida y del incansable ministerio de la celebración del Sacramento de la Eucaristía y de la Reconciliación.

Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

Artículo anteriorLa Madre y los hermanos de Jesús – REFLEXIÓN DEL OBISPO
Artículo siguienteLa Iglesia reafirma que la eutanasia, “es un crimen contra la vida humana”

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí