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NTRA SRA. DE LOS DOLORES – reflexión del obispo

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MARTES DE LA VIGÉSIMO CUARTA SEMANA DURANTE EL AÑO

MEMORIA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 19,25-27

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»

Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.»

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Palabra del Señor

Queridos hermanos y hermanas:

Al día siguiente de la fiesta de la Exaltación de la Cruz, la Iglesia celebra la memoria de Nuestra Señora de los Dolores,   recordando la especial relación que la Virgen María tiene con la cruz, en que murió su Hijo, clavado en sus brazos, y el contenido teológico, espiritual y simbólico que tiene la escena del Calvario.

Por dos veces durante el año, la Iglesia conmemora los dolores de la Santísima Virgen que es el de la Semana de la Pasión y también hoy, 15 de setiembre.

La lectura del Evangelio que acabamos de escuchar, nos muestra a la Virgen Santísima presente, con inmenso amor y dolor de Madre, junto a la cruz en el momento de la muerte redentora de su Hijo, uniéndose a sus padecimientos y mereciendo por ello el título de Corredentora.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, en el nº 58, habla así de María al pie de la cruz: «También la Santísima Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por designio divino, se mantuvo de pie, sufrió profundamente con su Hijo unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado.» Consentir en la inmolación de la víctima que ella había engendrado fue como inmolarse a sí misma.

Esta presencia de María al pie de la Cruz es la culminación de la «Hora» anunciada por Jesús en las “Bodas de Caná” y el cumplimiento de la profecía de Simeón que había dicho a María que “una espada atravesaría su corazón”.

En el Calvario  es cuando se hace realidad y se despliega, el sentido de la venida de Jesús al mundo: cuando se consuma la Hora fijada por el Padre. Se va a consumar la nueva y definitiva Alianza.

Ésta es la Hora de la máxima revelación del amor del Dios a los hombres, la expresión culminante del amor de Cristo a los suyos, la plena entrega de amor de Jesús al Padre y, el momento de la derrota del poder del príncipe de este mundo.

Y, en este momento cumbre está María. Su presencia no es casual, ni solamente un testimonio de su sentimiento maternal, sino que posee una profunda significación teológica. Está allí como la mujer, aquella de cuyo linaje saldría el Salvador del mundo. Por eso, Jesús agonizante, la llama con el nombre de “Mujer”.

María está junto a la cruz, herida profundamente en su corazón de madre, pero erguida y fuerte en su entrega. Es la primera y más perfecta seguidora del Señor porque, con más intensidad que nadie, toma sobre sí la cruz y la lleva con amor.

Rezamos hoy con los primeros versos del Himno Stabat Mater (traducido del latín significa «Estaba la madre»): es un himno católico del siglo XIII atribuido al fraile franciscano Jacopone da Todi. Esta plegaria, medita sobre el sufrimiento de María, la Madre de Jesús, durante la crucifixión de Éste.

“Estaba la Madre dolorosa, llorando junto a la cruz de la que pendía su Hijo.

Su alma quejumbrosa, apesadumbrada y gimiente, atravesada por una espada.

¡Qué triste y afligida estaba la bendita Madre del Hijo unigénito!

Se lamentaba y afligía y temblaba viendo sufrir a su divino Hijo.

¿Qué hombre no lloraría viendo a la Madre de Cristo en tan gran suplicio?

¿Quién no se entristecería al contemplar a la querida Madre sufriendo con su hijo?

Por los pecados de su pueblo vio a Jesús en el tormento y sometido a azotes.

Ella vio a su dulce Hijo entregar el espíritu y morir desamparado.

¡Madre, fuente de amor, hazme sentir todo tu dolor para que llore contigo!

Haz que arda mi corazón en el amor a Cristo Señor, para que así le complazca”. Amén.

Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

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