Inicio Diócesis AMEN A SUS ENEMIGOS – Reflexión del obispo

AMEN A SUS ENEMIGOS – Reflexión del obispo

466
0

JUEVES DE LA VIGÉSIMO TERCERA SEMANA DURANTE EL AÑO

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     6, 27-38

Jesús dijo a sus discípulos:

    «Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.

    Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman.

    Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.

    Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.

    Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso».

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

Las palabras del Evangelio que acabamos de escuchar suenen como un eco de las bienaventuranzas evangélicas que meditamos ayer según la versión de San Lucas.  Y este eco o prolongación de lectura de ayer nos ayuda a descubrir el fundamento último de la felicidad cristiana.

La enseñanza de Jesús no puede ser más clara: “amen a sus enemigos”.  Jesús con su autoridad de Maestro se destaca entre todos los rabinos de su tiempo: no sólo contrapone el amor al odio, sino que exige que el amor de sus discípulos se concentre precisamente en aquellos que les odian.  Formulado así, un ideal de vida tan exigente y tan sublime no ha sido pedido ni lo será nunca por ningún maestro.  Y no se trata de un amor abstracto, sino de un amor que traduce en multitud de pequeños gestos que, día tras día, interpelan y verifican la autenticidad del mismo amor.

Para Jesús, sería ridículo amar sólo a los que nos aman: no hay en ello mérito alguno y, sobre todo, nuestro amor no sería signo elocuente de nuestra pertenencia a Cristo, porque “también los pecadores aman a quienes los aman”.

La enseñanza de Jesús acaba con aquella famosa expresión en la que Lucas sustituye la palabra “perfección”, que emplea San Mateo por la de “misericordia”: debemos ser misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso. En la lógica de la espiritualidad evangélica no se da otra perfección que no sea la del amor fraterno que revela que somos hijos de Dios y no hay otro ideal que tender hacia un amor que sabe perdonar, porque se siente primero infinitamente perdonado por Dios.  En síntesis: debemos amar tal como somos amados por Dios.

Santa Teresa de Calcuta nos enseñaba:

“Es posible que en tu apartamento o en la casa de al lado de la tuya, viva un ciego que se alegraría que le hicieras una visita para leerle el periódico. Puede ser que haya una familia que esté necesitada de alguna cosa sin importancia a tus ojos, alguna cosa tan simple como el hecho de guardarle su hijo durante media hora. Hay muchísimas cosas que son tan pequeñas que mucha gente no se da cuenta de ellas.

No creas que hace falta ser simple de espíritu para ocuparse de la cocina. No pienses nunca que sentarse, levantarse, ir y venir, que todo lo que haces no es importante a los ojos de Dios.

Dios no va a pedirte cuántos libros has leído, ni cuántos milagros has hecho. Te preguntará si lo has hecho lo mejor que has podido, por amor a él. ¿Puedes, sinceramente, decir: «He hecho todo lo que he podido»? Aunque lo más y mejor acabe siendo un fracaso, debe ser nuestro más y mejor. Si realmente estás enamorado de Cristo, por modesto que sea tu trabajo, lo harás lo mejor que puedas, con todo el corazón. Es tu trabajo quien dará testimonio de tu amor. Puedes agotarte en el trabajo, e incluso puedes matarte, pero en tanto que no está impregnado de amor, es inútil”.

Estas palabras nos ayuden a hacer hoy nuestro examen de conciencia tomando como criterio el mandamiento del amor.  Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

Artículo anteriorLas bienaventuranzas de Lucas – REFLEXIÓN DEL OBISPO
Artículo siguienteUn ciego no puede guiar a otro – REFLEXIÓN DEL OBISPO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí