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Las bienaventuranzas de Lucas – REFLEXIÓN DEL OBISPO

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MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMO TERCERA SEMANA DURANTE EL AÑO

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     6, 20-26

Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: «¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!

¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados!

¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!

¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!

¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo. De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!

Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!

¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!

¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!»

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

Nos toca leer hoy las bienaventuranzas del evangelio de San Lucas.  A diferencia de San Mateo, que tiene 8 bienaventuranzas, Lucas las reduce a cuatro, pero presenta también cuatro amenazas.  En Lucas, el sermón es más breve y más radical: bienaventuranzas y maldiciones, son dirigidas para las comunidades, constituidas de ricos y de pobres. Los estudiosos de los evangelios nos dicen que Lucas presenta una versión de las palabras de Jesús más próxima a la verdad histórica.  Pero tanto las ocho bienaventuranzas de Mateo como las cuatro de Lucas, pueden ser reducidas a una sola: la fortuna y la felicidad de quien acoge la Palabra de Dios a través de la predicación de Jesús e intenta adecuar su vida a ella.

El verdadero discípulo de Jesús es, al mismo tiempo pobre, apacible, misericordioso, trabaja por la paz, es limpio de corazón, etc.  Por el contrario, quien no acoge la buena noticia del Evangelio sólo merece amenazas que, en boca de Jesús, corresponden a otras tantas profecías de tristeza e infelicidad.

También esta versión de San Lucas se distingue por una contraposición entre el presente histórico y el futuro escatológico.  Los que ahora pasan diversas penas, luego serán felices; en cambio quienes hoy están gozando, conocerán la tristeza y la frustración.

Cada uno de nosotros debemos situarnos hoy frente al Señor Jesús y abrir nuestro corazón a esta palabra que nos dirige, hacerla resonar muchas veces en nuestro corazón.  Para preguntarnos, en quién o en qué hemos puesto nuestra confianza para este mundo y para toda la eternidad; para interrogarnos acerca de si hemos asumido en nuestra vida un estilo realmente evangélico o estamos solamente barnizados de cristianismo y nuestro corazón está apegado a los bienes de este mundo.

Esta pregunta que nos hacemos es por la esencia de nuestra vida cristiana: somos realmente, de verdad, discípulos del Maestro; somos convencidos creyentes que vivimos su Palabra que ha transformado en nosotros los criterios humanos con los que se orientan los hombre mundanos… o todavía no ha calado hondo la vida del Evangelio en nuestra existencia cristiana, en nuestras personas y en la vida de nuestras comunidades cristianas…

Una hermosa meditación sobre este espíritu de las bienaventuranzas realizaba el próximamente santo Carlos de Foucauld cuando oraba así: “Confiemos, esperemos, nosotros todos que lloramos, que derramamos lágrimas inocentes; esperemos, si lloramos los dolores de nuestro cuerpo o de nuestra alma: nos sirven de purgatorio, Dios se sirve de eso para […] que levantemos los ojos hacia él, nos purifiquemos y santifiquemos.

Confiemos todavía más si lloramos los dolores de otros, porque esta caridad nos es inspirada por Dios y le agrada; confiemos también si lloramos nuestros pecados, porque esta compunción la pone Dios mismo en nuestras almas. Confiemos todavía más si lloremos con un corazón puro los pecados de otros, porque este amor por la gloria de Dios y la santificación de las almas nos son inspiradas por Dios y esto es una gracia.

Confiemos, si lloramos por el deseo de ver a Dios y el dolor por estar separados de Él; porque este deseo amoroso es obra de Dios en nosotros. ¡Confiemos también si lloramos solamente porque amamos, sin desear ni temer nada, queriendo plenamente todo lo que Dios quiere y queriendo sólo esto, la dicha de su gloria, sufriendo de sus sufrimientos pasados, llorando unas veces de compasión por el recuerdo de su Pasión, y otras de alegría con el pensamiento de su Ascensión y de su gloria, y otras simplemente de emoción porque le amamos hasta morir de amor!

Oh Jesús dulcísimo, hazme llorar por todo esto; hazme derramar todas las lágrimas que manifiesten mi amor hacia ti, por ti y para ti. Amén.

 

Muchas bendiciones para este día:

+ Padre Obispo Daniel

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