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HOMILÍA DEL OBISPO EN LA FIESTA DEL SSMO. SALVADOR

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6 de agosto de 2020

Solemnidad del Santísimo Salvador

 

Queridos hermanos y hermanas:

Nos reunimos hoy para celebrar al Santísimo Salvador, Patrono de nuestra ciudad de San Salvador y de la Diócesis de Jujuy, junto con la fiesta litúrgica que celebra toda la Iglesia en torno al misterio de la Transfiguración del Señor.

Las lecturas bíblicas que hemos escuchado nos orientan al mensaje central del Evangelio, donde la humanidad de Jesús se manifiesta transfigurada ante los ojos de los tres discípulos elegidos: Pedro, Santiago y Juan.  Ellos serán después los testigos más cercanos de su agonía.

El Evangelio de San Mateo nos relata que seis días antes de este episodio, Jesús había anunciado a sus discípulos que debía ir a Jerusalén a padecer la pasión para resucitar al tercer día.  Los discípulos se sintieron desanimados al escuchar este anuncio y escuchar que para ellos también, seguir a Jesús, significaría cargar con su cruz y seguirlo.

Por eso, esta escena de la Transfiguración del Señor es una palabra de ánimo, pues en ella se manifiesta la gloria de Jesús y se anticipa su victoria sobre la cruz que se acerca.

Jesús se muestra ante los ojos de los discípulos y ante nuestros propios ojos que lo contemplan hoy desde la fe, como el Salvador que tanto deseamos y esperamos.  Más aún, es el Hijo de Dios a quien tenemos que contemplar, para que mirando en El al vencedor de la muerte, podamos asumir las exigencias de este hoy difícil que estamos viviendo y que interpela a nuestra fe.

Metámonos en esta escena del Evangelio y junto con Pedro, Santiago y Juan pidamos hoy al Señor que nos permita contemplarlo en toda su belleza y majestad, a fin de disipar las dudas, la tristeza, la desolación y el escándalo de la pasión.   Particularmente hoy queremos afirmarnos en la fe a partir de la contemplación de su gloria en este momento de turbación que nos produce la pandemia que azota al mundo, a nuestra patria y nuestra provincia.  Queremos mirar al Salvador del mundo.

Porque como señalaba el Papa Francisco el 31 de marzo pasado: “densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso. Nos encontramos asustados y perdidos…

Nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos.

Podemos decirle como el poeta que le canta al Santísimo Salvador: “Hoy con súplica ferviente confiamos en tu bondad.  Salva a tu Pueblo, Señor y bendice tu heredad”.

Porque “ahora que ha venido la tempestad, contemplamos que este evento dramático y doloroso desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestros proyectos, nuestras rutinas y prioridades.

Necesitamos más que nunca vivir hoy todo lo que nos pasa desde la fe.  Y el comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas.

Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza: experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento, donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: el Señor Jesucristo ha resucitado y vive a nuestro lado.

En su Cruz hemos sido salvados para darle lugar a la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar.

Abracemos hoy al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que nos libera del miedo y nos da esperanza.

Por eso, hoy más que nunca miramos al Salvador del mundo: Al mirar al Santísimo Salvador, lo miramos señalando la cruz   con sus manos llagadas por la Pasión que nos recuerdan que ha sido el amor a cada uno de nosotros el único sentido que tuvo tanto padecer…

Y le decimos una vez más: “Salva a tu pueblo Señor y bendice tu heredad”.

Mirando y recordando hoy a nuestros abuelos y abuelas, a nuestros padres que nos han transmitido la fe cristiana, podemos aprender de lo que ellos vivieron.  Porque el hombre y la mujer creyente, saben del amor comprometido de su Dios.  Saben que nada ni nadie podrá apartarlos del amor de Dios hecho visible en Cristo Jesús, nuestro Salvador.

Sabemos, como nos enseñaron nuestros padres y abuelos que la gracia de Dios y el auxilio de nuestro Salvador no nos faltarán.

Por eso terminamos pidiendo con el poeta:

“Si de Jujuy Patrón eres, para que todos se asombren, que brille tu Santo Nombre y cante con devoción.  La tierra, el cielo, el orbe, por toda la eternidad.  Salva a tu Pueblo, señor y bendice tu heredad”.

Santísimo Salvador, ten piedad de nosotros.  Así sea.

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