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Si tuvieran fe…REFLEXIÓN DEL OBISPO

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SABADO DE LA DÉCIMO OCTAVA SEMANA DURANTE EL AÑO

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     17, 14-20

Cuando se reunieron con la multitud se acercó a Jesús un hombre y, cayendo de rodillas, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, que es epiléptico y está muy mal: frecuentemente cae en el fuego y también en el agua. Yo lo llevé a tus discípulos, pero no lo pudieron curar.»

Jesús respondió: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo aquí.» Jesús increpó al demonio, y este salió del niño, que desde aquel momento, quedó curado.

Los discípulos se acercaron entonces a Jesús y le preguntaron en privado: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?»

«Porque ustedes tienen poca fe, les dijo. Les aseguro que si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: «Trasládate de aquí a allá», y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes.»

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

En la lectura del Evangelio que acabamos de escuchar, San Mateo presenta a Jesús en su actividad de curar. Después de su permanencia con los discípulos en la región de Cesarea de Filipo, donde Jesús recibe a confesión de fe de Pedro y anuncia su pasión, Jesús sube a una montaña alta y se transfigura ante tres de sus discípulos; después alcanza nuevamente a la multitud en Galilea.

En estos desplazamientos geográficos de Jesús, Mateo quiere expresar su función en un itinerario espiritual. En su camino de fe, la comunidad está siempre llamada a recorrer el itinerario espiritual que ha trazado la vida de Jesús: partiendo de la Galilea de su actividad pública y desde ésta hasta su resurrección, atravesando el camino de la cruz. Un itinerario espiritual en el que la fuerza de la fe juega un papel esencial.

Mientras Jesús se encuentra entre la gente, se acerca a él un hombre y le ruega con insistencia que intervenga ante el mal que tiene aprisionado a su hijo. La descripción que precede a la intervención de Jesús es verdaderamente precisa: se trata de un caso de epilepsia con todas sus consecuencias patológicas a nivel psíquico.

En tiempo de Jesús, este tipo de enfermedad se atribuía a fuerzas malignas, y precisamente a la acción de Satanás, enemigo de Dios y del hombre y, por tanto, origen del mal y de todos los males. Ante este caso en el que emergen persistentemente las fuerzas malignas superiores a la capacidad humana, los discípulos se sienten impotentes para curar al joven (vv.16-19) por razón de su poca fe (v.20).

Para el evangelista, este joven epiléptico es símbolo de los que desprecian el poder de la fe (v.20), los que no están atentos a la presencia de Dios en medio de ellos (v.17). La presencia de Dios en Jesús, que es el Emmanuel, no es reconocida; es más, no basta entender alguna cosa sobre Jesús, es necesaria la verdadera fe. Jesús, después de haber reprendido a la gente, manda traer al joven: “Traiganmelo acá” (v.17); lo cura y lo libera en el momento en el que el demonio grita.

Pero no basta el milagro de la curación de una sola persona, es también necesario curar la fe incierta y débil de los discípulos. Jesús se acerca a ellos que están confundidos y aturdidos por su impotencia: “¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?” (v.20). La respuesta de Jesús es clara: “Porque ustedes tienen poca fe”. Jesús pide una fe capaz de trasladar las montañas del propio corazón para poder identificarse con su persona, con su misión, con su fuerza divina.

Es verdad que los discípulos lo han abandonado todo para seguir a Jesús, pero no han podido curar al joven epiléptico debido a su “poca fe”. No se trata de falta de fe, sino de fe débil, vacilante a causa de las dudas, del predominio de la desconfianza y de la duda. Es una fe que no arraiga totalmente en la relación con Cristo. Cuando dice: “si tienen fe como un grano de mostaza” podrán trasladar las montañas está invitándonos a dejarnos conducir, en el obrar, por la fuerza de la fe que se hace fuerte, sobre todo en los momentos de prueba y de sufrimiento y que alcanza la madurez cuando no se escandaliza ante el escándalo de la cruz.

La fe lo puede todo y, con tal que se renuncie a fiarse de las propias capacidades humanas, puede trasladar las montañas. Los discípulos y la primitiva comunidad han experimentado que la incredulidad no se vence sólo con la oración y el ayuno, sino que es necesario unirse a la muerte y a la resurrección de Jesús.

Todos nosotros tenemos un poco de incredulidad en nuestro interior y podemos reconocernos en el papel de los discípulos flojos de fe. La invitación del Señor es a apoyarnos en una oración fuerte y humilde, esa oración que hace que Jesús pueda hacer el milagro.

Pidamos hoy al Señor crecer en la fe cada día, con la ayuda de su gracia y dejándonos conducir por ella.

Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

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