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Un profeta no es recibido en su tierra – REFLEXIÓN DEL OBISPO

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VIERNES DE LA DÉCIMO SÉPTIMA SEMANA DURANTE EL AÑO

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     13, 54-58

Al llegar a su pueblo, se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal manera que todos estaban maravillados.

«¿De dónde le vienen, decían, esta sabiduría y ese poder de hacer milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿Su madre no es la que llaman María? ¿Y no son hermanos suyos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Y acaso no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde le vendrá todo esto?»

Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. Entonces les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia.»

Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente.

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

Habiendo terminado el evangelista Mateo de relatarnos las parábolas del Reino, ahora nos cuenta algunas situaciones en las cuales se va notando la progresiva separación entre Jesús e Israel y a la vez vamos a ir conociendo la dedicada atención que pone el Señor a la formación de los discípulos.

En el fragmento que acabamos de leer, se encuentra reflejado el rechazo que opusieron a Jesús sus paisanos.  Del estupor inicial producido por su enseñanza se pasa a la pregunta fundamental por la identidad del Nazareno.  Y vemos cómo el conocimiento que tienen de su paisano y de su familia se convierte en un obstáculo para creer que sea él el Mesías: no ven posible que un hombre de la condición de Jesús tenga “esa sabiduría y esos poderes milagrosos”.

Jesús constata a través de su propia experiencia la verdad del proverbio que dice que “nadie es profeta en su tierra”.  Así su experiencia se une a la de los profetas del Antiguo Testamento y de todos los tiempos: rechazo, burla, desprecio, persecución y a menudo también, muerte violenta.

Y dado que los milagros suponen la fe, que es lo único que permite comprender su verdadero significado, la incredulidad de los habitantes de Nazaret se convierte en un impedimento para que Jesús pueda hacerlos.

Porque la fe es la acogida y adhesión total a la Persona de Jesús. No es posible aceptar a Jesús en parte, sólo en aquellos aspectos que nos parezcan más agradables o comprensibles.  Siempre su aceptación implica una conversión.  Y una conversión constante, permanente.  Es que adecuar nuestra vida al Evangelio será siempre una tarea por hacer y nunca estará realizada definitivamente.  Sólo al final, como meditábamos en las parábolas del Reino, se hará la separación de lo bueno y de lo malo que se ha cultivado en nosotros.  Mientras tanto, nuestra tarea permanente es que el trigo que el Señor siembra en nuestra vida sea más trigo y la cizaña que siembra el enemigo, sea menos cizaña.

La incitación a escuchar la voz de Dios que han dirigido los profetas y que el Señor renueva cada día en nuestra vida, ha rebotado muchas veces a lo largo de los siglos y no ha encontrado tierra buena en aquellos que hacen el mal.  En Jesús esa Palabra de Dios invitándonos a la conversión ha resonado de una manera total y definitiva.  Y desde Pentecostés, esa palabra resuena por la voz de la Iglesia y por la voz de tantos santos de todos los tiempos que con su vida, enseñanzas, predicaciones han reavivado entre sus contemporáneos la belleza y las exigencias del Evangelio.

Tratemos de escuchar hoy y siempre la voz del Señor.  Como nos invita el Salmo 94: “Ojalá hoy escuchen la voz del Señor… no endurezcan su corazón”.  Cada día, hoy mismo, Dios nos busca y nos llama.  Pidamos no ser sordos a su voz ni perezosos para ir en su búsqueda y en la búsqueda de su voluntad.

Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

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