Inicio Diócesis La nueva familia de Jesús – REFLEXIÓN DEL OBISPO

La nueva familia de Jesús – REFLEXIÓN DEL OBISPO

529
0

MARTES DE LA DÉCIMO SEXTA SEMANA DURANTE EL AÑO

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     12, 46-50

Jesús estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte.»

Jesús le respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

En la lectura que acabamos de escuchar, contemplamos a Jesús, que cuando estaba enseñando a la gente, llegan sus familiares y quieren hablar con él.  Y Jesús, al plantear la cuestión de quienes son sus parientes, declara la condición de los nuevos vínculos de los que son engendrados por Dios, y no de la carne y de la sangre, sino de la escucha y la puesta en práctica de su Palabra.

Los fariseos y los maestros de la ley que no creen en él, quedan encerrados en la búsqueda de un signo y no se dan cuenta de que está presente la realidad misma, mucho mayor que cualquier signo. Los discípulos, que escuchan su Palabra, se abren a la comunión más profunda posible con él, según la experiencia humana: la que mantenemos con nuestra madre y con nuestros consanguíneos.

Jesús mismo es la Palabra: quien le recibe llega a ser en él hijo del Padre.  Hacer la voluntad del Padre es la condición que debe cumplir el hijo auténtico; como él, que ha venido al mundo no para hacer su propia voluntad, sino la del Padre, que le ha enviado.  Al decir esto, pone Jesús de relieve la grandeza de su madre María, que lo engendró según la carne precisamente haciéndose discípula, acogiendo la voluntad del Padre: “Yo soy la servidora del Señor: que se haga en mí según tu palabra”.

San Agustín, comentando este texto nos enseña:

“Les pido que atiendan a lo que dijo Cristo, el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, ella, que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que de ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en ella?

Ciertamente, cumplió santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto, María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno.

 

 

María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo. Ella es parte de la totalidad del cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros. La cabeza de este cuerpo es el Señor, y el Cristo total lo constituyen la cabeza y el cuerpo.

Por tanto, amadísimos hermanos: también ustedes son miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Éstos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo serán madre de Cristo? El que escucha y cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos”.

Que estas palabras nos ayuden hoy a prestar atención a nuestro ser de cristianos y a querer ser cada día más hermano, hermana y madre del Señor por nuestra escucha atenta de su Palabra y por nuestro compromiso por llevarla a la práctica.

Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

Artículo anteriorEl signo de Jonás – REFLEXIÓN DEL OBISPO
Artículo siguienteSanta María Magdalena – REFLEXIÓN DEL OBISPO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí