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Jesús calma la tempestad – REFLEXIÓN DEL OBISPO

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MARTES DE LA DECIMO TERCERA SEMANA DURANTE EL AÑO

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     8, 23-27

 

Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía. Acercándose a él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole: «¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!»

El les respondió: «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?» Y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma.

Los hombres se decían entonces, llenos de admiración: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?»

Palabra del Señor.

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy leemos este hermoso texto del Evangelio de San Mateo, texto que se encuentra también en los Evangelios de Marcos y de Lucas, pero con una particularidad.  Porque aquí Jesús reprocha a los discípulos su poca fe, antes de calmar las olas.  El señorío de Jesús y la fe de los discípulos se reclaman recíprocamente, aunque no pueda haber entre ellos una perfecta reciprocidad.

La Iglesia es representada en esta barca que se halla en medio de una tempestad.  La experiencia del aparente abandono de Jesús marca a fondo la experiencia espiritual de los discípulos que se acercan a él para despertarlo y rogarle que intervenga en la adversidad.

EL hecho de que Jesús duerma también alude al drama de la muerte del hijo del hombre, que es un desafío para la fe de la Iglesia y nos presenta la serena confianza de Jesús en el amor del Padre ante quien se ha hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz.  La tempestad de la pasión, el aparente triunfo de la muerte, quedan disipados por el cumplimiento de la promesa en el alba del domingo de la resurrección.

Comentando este texto el Papa Francisco el pasado 27 de marzo ha dirigido una oración pidiendo por la humanidad en este tiempo de pandemia.  Nos viene bien hoy recordar sus palabras y volverlas a pasar por nuestro corazón:

“Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

 

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela y se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

 

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere”.

Que estas palabras del Papa Francisco nos ayuden a poner en el Señor toda nuestra confianza, aunque la barca de nuestra vida y del mundo todavía tenga que sortear agitados mares y desafiar las tormentas de la tempestad que nos aflige.

Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

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