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CORPUS CHRISTI -Reflexión del obispo

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Solemnidad de Corpus Christi

Alimento para la eternidad

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 51-58

 

Dijo Jesús a los judíos:

«Yo soy el Pan vivo bajado del cielo. El que coma de este Pan vivirá eternamente, y el Pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió:

«Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.

Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el Pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este Pan vivirá eternamente».

 

*****

El Maná del desierto

El texto del Evangelio que se proclama en esta solemnidad está tomado del largo capítulo de san Juan en el que se relata la multiplicación de los panes y se reproduce el discurso que pronunció Jesús al día siguiente en la sinagoga de Cafarnaúm. Des­pués de la multiplicación de los panes la multitud cruzó el lago de Galilea y se reunió en la Sinagoga, donde los judíos se juntan para leer y explicar las Escrituras y para rezar. Por lo que sigue a continuación en el Evangelio, se supone que allí han leído una parte de la Biblia donde se relata cómo Dios alimentó milagro­samente a los israelitas durante el tiempo en que estuvieron en el desierto. Se dice en el libro del Éxodo que cuando estuvieron con hambre, el Señor les envió una comida que caía del cielo, llamada el maná. La primera lectura proclamada en la Misa de hoy, tomada de otro libro de la Biblia, alude al mismo alimento milagroso.

Los judíos preguntaron a Jesús sobre un Salmo de la Escritu­ra donde se refiere este hecho diciendo: “Les dio a comer el Pan del cielo”. Tomando este texto como punto de partida, Je­sús los instruyó explicándoles que aquel pan que habían recibido en el desierto no era verdadero pan del cielo, ya que es un hecho conocido por todos que los que estuvieron con Moisés en el desierto murieron después de algún tiempo, así como también murió Moisés. Si el maná hubiera sido verdadero pan del cielo, les habría comunicado la vida eterna. Con estas explicaciones Jesús provocó un interrogante: ¿Entonces cuál es el verdadero Pan del cielo del que hablan las Escrituras?

El Evangelio proclamado en esta Misa contiene la última parte de la respuesta de Jesús. Son palabras que sorprenden y escan­dalizan a los oyentes: Quien distribuye el verdadero pan del cielo no es Moisés sino Dios, y el pan no es el maná sino el mismo Jesús: “Yo soy el Pan verdadero que ha bajado del cielo”. Y si estas palabras inesperadas resultaban inaceptables para muchos, Jesús añadió: “El Pan… es mi carne”.

El Pan verdadero

Si por una parte los oyentes no podían aceptar que este Je­sús que ellos creían conocer se proclamara como Pan bajado del cielo, por otra parte les parecía totalmente fuera de lugar que Él dijera que había que comer su carne. ¿A quién no le produce repugnancia y horror el pensar en comer carne huma­na? Esto se agrava cuando Jesús añade que se debe beber su sangre. A los semitas en general, la idea de beber sangre les produce repugnancia. Mucho más si se trata de beber sangre humana. El Antiguo Testamento castigaba con la pena de muer­te a quienes comieran la carne con su sangre o simplemente bebieran sangre. Hasta el día de hoy los judíos comen la carne desangrada.

De las enseñanzas de Jesús surgen las respuestas a estas cuestiones que plantean los judíos. En primer lugar que Él es el Pan verdadero. Esto significa que todo otro pan, también el mi­lagroso que comieron los israelitas en el desierto, es una figura. El pan que comemos diariamente para saciar nuestra hambre y evitar la muerte es una figura de ese otro alimento que nos envía Dios para que saciemos el hambre de vida eterna y podamos vencer a la muerte para siempre.

Pero advirtamos que cuando utilizamos la palabra ‘Pan’ no nos estamos refiriendo sólo a esta sustancia alimenticia elabora­da con harina, sino que es un término común con el que se indica todo lo que el ser humano necesita para vivir. Si tenemos esto en cuenta, las palabras de Jesús resultan mucho más sorprenden­tes todavía.

Jesús viene desde el Padre y se ofrece a los hombres para que lo reciban por medio de la fe. Aquellos que se abren a Él y lo aceptan, creyendo en su Palabra y dejándose redimir, se alimentan de Jesús porque reciben de Él la vida que proviene del Padre, y que es la vida eterna, la que no tiene mezcla de mal ni puede conocer el límite de la muerte. Por esa razón Él es pan, y es verdadero pan porque comunica una vida que dura para siem­pre.

Cuando decimos vida eterna tenemos que recordar que no se trata de seguir viviendo largos y numerosos años como una continuación de la vida que ahora llevamos. La vida eterna es la vida total, es el poder alcanzar la totalidad de todos los bienes que ahora poseemos en pequeña medida: vida, alegría, amor, sabiduría. Y todo esto sin mezcla de ningún mal, sin envejeci­miento ni enfermedades, y sobre todo, sin el sombrío límite que impone la muerte. Por eso el pan de nuestra comida diaria es una figura: nos asegura la vida terrenal, nos concede un poco más de tiempo en este mundo, pero no nos puede dar de ninguna manera la vida eterna, es decir la vida total.

El Pan que es su carne

Para los oyentes de Jesús resultaba inaceptable que Él se presentara como un pan que alimenta con la vida eterna a quie­nes lo reciben por la fe. Jesús les explicó que Él también es pan de otra forma, porque tanto su carne como su sangre deben ser recibidas para poder tener la vida eterna. Los oyentes reciben estas palabras con horror. Ellos piensan que tienen que comer la carne de un cadáver y por eso no lo pueden admitir. Jesús les dice entonces que la carne y la sangre que Él ofrece como co­mida y bebida es la carne y la sangre del “Hijo del Hombre”. “El Hijo del hombre” es el nombre con el que Jesús se designa a sí mismo cuando se refiere a su glorificación. Cuando dice que hay que comer la carne del “Hijo del hombre” quiere decir que se trata de recibirlo a Él en su condición glorificada. No es un cadáver, sino un cuerpo glorioso, que ya no puede padecer ni se puede corromper.

Su carne es verdadera comida y su sangre es verdadera be­bida. Toda otra comida y toda otra bebida es una figura. La comida y la bebida que Jesús ofrece son su carne y su sangre como carne y sangre de un viviente que vive porque recibe la vida eterna que es propia del Padre, y todo aquel que se alimen­te de la carne y de la sangre de Cristo se asegura esta vida eterna. Quien no los reciba no tendrá esta vida.

La Eucaristía

Estas palabras solamente se entienden cuando se tiene co­nocimiento y experiencia de lo que es recibir la Eucaristía. Al participar de este sacramento recibimos un pan que es verdaderamente carne y sangre de Cristo viviente.

Entre tantas cosas sorprendentes que tiene esta enseñanza de Jesús, nos llama la atención que diga que los que reciben su carne y su sangre tienen ya ahora la vida eterna. La vida eterna no es solamente promesa para el futuro. Y ya se ha dicho que vida eterna es participar de la vida que es propia de Dios. A los que comulgan se les ofrece ya desde ahora esa vida que vinien­do del Padre está en Cristo, y por lo tanto es un comienzo de la felicidad plena que se da en el cielo. El Pan de la Eucaristía comunica el amor de Dios, para que los creyentes que lo reci­ben sean capaces de dar la vida por los hermanos, como lo hizo el mismo Jesús.

Todos los que comulgamos nos unimos en un solo cuerpo con Jesús para poder vivir y amar como Él vive y ama. Lejos de encerrarnos en nosotros mismos, la comunión tiene que abrirnos para amar la vida y amar cada vez más a Dios y a nuestros hermanos. Amar de esa manera, hasta el heroísmo, puede pare­cer algo tan imposible como vivir ya en la felicidad del cielo a pesar de todas las tristezas y dolores que nos rodean. Pero toda esta incapacidad humana queda superada cuando oímos que Jesús no nos ofrece alimentos de este mundo, ni siquiera un pan mila­groso como el maná, sino el Pan verdadero que es su mismo cuerpo viviente, pleno de la vida de Dios.

La vida de los santos, el ejemplo de los mártires, e incluso nuestra propia experiencia cuando nos alimentamos frecuente­mente con la Sagrada Comunión, nos hacen ver cómo la débil creatura humana puede llegar a superarse a sí misma hasta rea­lizar lo que para los hombres es imposible: vencer el pecado para vivir en la santidad, destruir el egoísmo para entregarse generosamente a practicar el amor a los demás, vivir intensa­mente la alegría de la unión con Dios hasta el punto de no perder esta alegría ni siquiera en medio de los tormentos más crueles. Y si esta es la fuerza que nos comunica en este mundo el Pan verdadero, podemos estar seguros de que con ese Pan también estamos recibiendo la vida que dura para siempre.

 

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