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SSMA. TRINIDAD – Reflexión del Obispo

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SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     3, 16-18

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

    El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad.  Terminado el Tiempo Pascual, hay dos solemnidades que se celebran en los domingos después de Pentecostés: la Santísima Trinidad y el Cuerpo y la Sangre de Cristo.  Y después continuaremos leyendo hasta fin de noviembre algunos textos elegidos del evangelio de San Mateo que corresponden a este año litúrgico.

Después de celebrar el Misterio Pascual de Jesús, enviado por el Padre para salvarnos a través de su pasión, muerte y resurrección y después de que el  Padre y el Hijo envían el Espíritu Santo la Iglesia quiere celebrar en una fiesta el nombre y el ser de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Como nos enseñaron en el catecismo: tres Personas distintas y un solo Dios verdadero.

El Misterio de la Santísima Trinidad es lo primero que hemos aprendido de niños de manera sencilla cuando nuestros papás y abuelos nos bendecían haciéndonos la señal de la cruz y nos enseñaron también a invocar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo mientras tomaban nuestra manito para ayudarnos a santiguarnos.

Siempre me llamó la atención la profundidad de ese sencillo gesto.  Ya de niños, la cruz, el gesto más elocuente del amor de Dios nos marcaba para recordarnos que somos hijos amados por Dios y amados hasta el extremo por el amor de Aquel que ha dado su vida por nosotros en la cruz.

El amor de Dios marcó nuestra vida.  Hemos sido concebidos un día por el amor de nuestros padres que fueron instrumentos del amor creador de Dios.  En el Bautismo hemos sido marcados con el sello indeleble de nuestra dignidad de hijos de Dios.  Y podemos experimentar el amor de Dios a lo largo de nuestra vida en la medida en que vivimos unidos a Jesús y junto con Él y con la fuerza del Espíritu Santo vamos desarrollando nuestra vida entre penas y alegrías.

El amor de Dios por nosotros es tan grande, que solamente busca darse, comunicarse, entregarse. Muy distinto a nosotros, que muchas veces decimos que amamos cuando realmente estamos esperando recibir. Los más grandes egoísmos se suelen disfrazar de amor. El que ama verdaderamente, se sacrifica para que el otro pueda llegar a ser feliz, en cambio el egoísta sacrifica al otro para poder ser feliz.

El verdadero amor, trata de descubrir todas las posibilidades que tiene la persona amada para poder luego colaborar en su crecimiento hasta que llegue a la perfección. El verdadero amor no busca para sí, sino para el otro, aunque no reciba nada a cambio. El verdadero amor consiste en encontrar la felicidad en la felicidad del otro: sentirse feliz porque el otro es feliz.

Así es el amor de Dios: La Escritura nos dice que Dios nos amó antes que nosotros pudiéramos amarlo a Él, nos amó aun cuando éramos rebeldes y pecadores. Y nunca deja de amarnos aunque nos cerremos a su amor y le digamos una y mil veces que no nos interesa su amistad.

Que en este día, al celebrar a la Santísima Trinidad se haga más fuerte en nosotros la experiencia de este Amor infinito que da sentido a nuestra existencia en este mundo y que nos invita a levantar los ojos al cielo, allí donde Dios nos espera para que un día vivamos para siempre junto a Él y a todos los redimidos.

Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

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