Inicio Diócesis
477
0

JUEVES DE LA SEPTIMA SEMANA DE PASCUA

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     17, 20-26

Jesús levantó los ojos al cielo y oró diciendo:

«Padre santo, no ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno -yo en ellos y tú en mí- para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste.

Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo.

Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos.»

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy meditamos la tercera parte de la oración sacerdotal de Jesús en el capítulo 17 del Evangelio de San Juan.  Antes Jesús había rezado al Padre pidiendo su glorificación por la entrega del Hijo y también había rezado por la comunidad de sus discípulos. Ahora su oración se extiende pidiendo por los futuros creyentes.  Para ellos pide al Padre el don de la unidad en la fe y en el amor.  A semejanza de la íntima unión que existe entre el Padre y el Hijo, los discípulos entrarán en esta misma unidad y comunión de amor.

Así se hacen uno en la medida en que acogen a Jesús y creen en su Palabra.  Este ideal tan alto inspirado en la comunión de las Personas Divinas es para nosotros, los creyentes, una poderosa llamada a vivir en la fe y de la fe y a ser así para los demás, un signo de la vida de Dios en nosotros. La unidad entre Jesús y la comunidad cristiana se presenta como una inhabitación: “Yo en ellos y Tu en mí”.

Finalmente, Jesús manifiesta sus deseos para que todos los que creen en Él sean introducidos en la intimidad del misterio, donde existe siempre la comunión de vida en el amor entre el Padre y el Hijo.  La unión con el Padre, fuente del amor, tiene lugar en nosotros por medio de la presencia interior del Espíritu de Jesús.

Pidamos al Espíritu de unidad a quien esperamos celebrar su venida el día de Pentecostés, que haga de nosotros en su Iglesia, la morada de su infinito amor.  Que podamos reconocer y manifestar su presencia en nosotros en la medida en que en cada uno y en nuestras comunidades seamos capaces de hacer posible la unidad que Jesús pidió para los suyos.  Que busquemos no sobresalir ni imponer o rivalizar, sino ayudarnos, comprendernos, apoyarnos.

Que sepamos descubrir la fuerza misionera de la fraternidad y de la unidad.  Porque vanos son nuestros proyectos pastorales y nuestras organizaciones eclesiales si no hacen posible y visible este misterio más hondo que nos une que es el de la comunión de todos en Cristo que nos hace reflejos del amor trinitario.

Y unidad no significa uniformidad, sino permanecer en el amor, a pesar de todas las tensiones y de todos los conflictos. El amor que unifica al punto de crear entre todos una profunda unidad, como aquella que existe entre Jesús y el Padre. Por esto, a través del amor entre las personas, las comunidades revelan al mundo el mensaje más profundo de Jesús. Como la gente decía de los primeros cristianos: “¡Miren cómo se aman!”.

Que el Espíritu Santo en un nuevo Pentecostés haga crecer, Señor a tu Iglesia, a cada uno de nosotros en tu Amor.  Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

Artículo anteriorNo estoy solo, el Padre está conmigo – REFLEXIÓN DEL OBISPO
Artículo siguientePedro, me amas? – REFLEXIÓN DEL OBISPO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí