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Jesús promete el Espíritu Santo – REFLEXIÓN DEL OBISPO

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MARTES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan    16, 5-11

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: “¿A dónde vas?” Pero al decirles esto, ustedes se han entristecido. Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré.

Y cuando él venga, probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio.

El pecado está en no haber creído en mí. La justicia, en que yo me voy al Padre y ustedes ya no me verán. Y el juicio, en que el Príncipe de este mundo ya ha sido condenado.»

Palabra del Señor.

 

Queridos hermanos y hermanas:

El tema fundamental que nos presenta le lectura del Evangelio de hoy es el Espíritu Santo, testigo de Jesús y acusador del mundo.  Los primeros versículos recogen el clima de tristeza que están viviendo los discípulos.  Ayer leíamos que Jesús les anticipó las persecuciones que deberían enfrentar y eso ha entristecido sus corazones.  En este momento los discípulos se sienten incapaces de asumir ese horizonte de sufrimiento y de confiar en Aquel que puede hacerles superar todo temor y toda tristeza.

Por eso les reprocha Jesús el hecho de que ninguno le pregunte qué significa su partida al Padre y su próxima pasión y muerte, de las que ya les ha hablado tantas veces.  Si hubieran comprendido el sentido de su sufrimiento redentor, se hubieran tranquilizado con el pensamiento de que su subida al Padre tendría como consecuencia la venida del Espíritu Santo, quien reforzaría sus convicciones en torno a la victoria final y les haría comprender la verdad del Evangelio.

El Espíritu Santo también pone de manifiesto el pecado del mundo por haber rechazado a Cristo y probará al mundo la justicia de Cristo, es decir, demostrará que el juicio de condena de Jesús es inconsistente y que el que realmente está condenado es el demonio sobre el cual ha triunfado Cristo con su resurrección.

Compartimos hoy unos párrafos de una catequesis de San Juan Pablo II el día 26 de junio de 1991:

“Los hombres de hoy, particularmente expuestos a los asaltos, insidias y seducciones del mundo, tienen especial necesidad del don de la fortaleza; es decir, del don del valor y la constancia en la lucha contra el espíritu del mal que asedia a quien vive en la tierra, para desviarlo del camino del cielo. Especialmente en los momentos de tentación y de sufrimiento, muchos corren el riesgo de vacilar o de ceder. También los cristianos corren siempre el riesgo de caer desde la altura de su vocación y de desviarse de la lógica de la gracia bautismal que les ha sido concedida como un germen de vida eterna. Precisamente por esto, Jesús nos ha revelado y prometido el Espíritu Santo como consolador y defensor (cf. Jn 16, 5-15). Por medio de él se nos concede el don de la fortaleza sobrenatural, que es una participación en nosotros de la misma potencia y firmeza del Ser divino. 

El Espíritu interviene con una acción profunda y continua en todos los momentos y bajo todos los aspectos de la vida cristiana, con el fin de orientar los deseos humanos en la dirección justa, que es la del amor generoso a Dios y al prójimo, siguiendo el ejemplo de Jesús. Con este fin, el Espíritu Santo robustece la voluntad, haciendo que el hombre sea capaz de resistir a las tentaciones, vencer en las luchas interiores y exteriores, derrotar el poder del mal y, en particular, a Satanás, como Jesús, a quien el Espíritu llevo al desierto (cf. Lc 4, 1), y realizar la empresa de una vida de acuerdo con el Evangelio”.

Queridos hermanos: pidamos a Dios que estemos siempre dispuestos a que el Espíritu Santo nos guie en el camino de la vida cristiana orientando nuestra vida hacia Dios.

Con mi paternal bendición:

+ Padre Obispo Daniel

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