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REFLEXION DEL OBISPO PARA EL VIERNES SANTO

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VIERNES SANTO

+ Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan (extracto)
“Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí:
«No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.»
Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo:
«Mujer, aquí tienes a tu hijo.»
Luego dijo al discípulo:
«Aquí tienes a tu madre.»
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo:
«Tengo sed.»
Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús:
«Todo se ha cumplido.»
E inclinando la cabeza, entregó su espíritu”.

Queridos hermanos y hermanas:
Con profunda veneración escuchamos el breve relato de la muerte del Señor Jesús en la cruz. Y como nos enseña San Ignacio de Loyola, nos ayudará meternos en la escena entre los personajes. Entre María y Juan, entre los soldados romanos, entre las mujeres que acompañaban al Señor… Lo contemplaremos mejor “desde dentro” e nos iremos poniendo en el lugar del personaje que exprese mejor nuestros sentimientos en esta terrible hora.
Ha llegado para Jesús “la hora” tan esperada: la hora del sufrimiento y de la gloria: el odio del mundo condena a muerte de cruz a Jesús, pero desde lo alto de la cruz Dios manifiesta su infinito amor. Esta es la revelación más espléndida del misterio de Dios. En esta entrega divina contemplamos la Gloria de Dios.
Al ser elevado en la cruz, se cumple la escritura (“Cuando sea levantado en alto atraeré a todos hacia mi”). En el momento de la muerte de Jesús nace la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios confiado a la maternidad de la Virgen Madre. Del agua y de la sangre que saldrán del costado abierto del Salvador nace la Iglesia, que regenerada en el sacramento del Bautismo y alimentada con la Eucaristía celebrará a lo largo del tiempo la Pascua del Cordero de Dios que quitó los pecados del mundo.
Este Viernes Santo será – seguramente – inolvidable para el mundo que sufre por el azote de la peste. Unamos todos los dolores y las angustias de los hombres, de los que creen y de los que no creen, porque en el fondo todos somos tan humanos los unos como los otros. Los que tenemos la fe podemos mirar a Jesucristo sabiéndolo cercano y compañero “varón de dolores y acostumbrado al sufrimiento” (como tantos pobres en este mundo de tantas pobrezas que abundan en tantos corazones) y abandonarnos en Él dejándonos abrazar por su amor.
Hoy la Iglesia nos invita a un gesto excepcional: besar la Cruz. En la celebración litúrgica de la Pasión, el rito prevé que se vaya ingresando lentamente la cruz, exclamando tres veces: “Miren el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”. Y el pueblo responde: “Adoremos al Señor, nuestro Dios”.
Y cuando lentamente se desvela la cruz, mirando esta escena de sufrimiento y martirio con una actitud de adoración, podemos reconocer al Salvador en ella. Ver al Omnipotente en la escena de la debilidad, de la fragilidad, del desfallecimiento, de la derrota, es el misterio del Viernes Santo al que los fieles nos acercamos por medio de la adoración.
La respuesta “Adoremos al Señor, nuestro Dios” significa ir hacia él y besar. El beso de un hombre lo entregó a la muerte; cuando fue objeto de nuestra violencia es cuando fue salvada la humanidad, descubriendo el verdadero rostro de Dios, al que nos podemos volver para tener vida, ya que sólo vive quien está con el Señor.
Besando a Cristo, se besan todas las heridas del mundo, las heridas de la humanidad, las recibidas y las inferidas, las que los otros nos han infligido y las que hemos hecho nosotros. Aún más: besando a Cristo besamos nuestras heridas, las que tenemos abiertas por no ser amados.
Vivamos, entonces, hermanos este beso de adoración como un profundo encuentro de amor: que se abracen y se besen para siempre “la miseria y la misericordia”.
Te pedimos Jesucristo, Amor crucificado hasta el fin del mundo en los miembros de tu cuerpo, que podamos comulgar hoy con tu pasión y tu muerte para poder gustar tu gloria de resucitado.
Con mi paternal bendición:
+ Padre Obispo Daniel

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