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FIESTA DE CORPUS CHRISTI EN JUJUY -HOMILÍA DE OBISPO

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EN EL MARCO DE LA FIESTA DE CORPUS CHRISTI EN JUJUY EL OBISPO DIOCESANO PRONUNCIÓ SU HOMILÍA EXHORTANDO A LA REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DEL DÍA.

MONS FERNÁNDEZ DENUNCIÓ LA CULTURA DE LA MUERTE Y EXHORTÓ TAMBIÉN A TRABAJAR Y COMPROMETERSE FRENTE A LA POBREZA Y LA EXCLUSIÓN.

LA PROCESIÓN Y LA MISA SE REALIZÓ EN UN BARRIO DE LA PERIFERIA  DE LA CIUDAD DE SAN SALVADOR DE JUJUY DENOMINADO ISLAS MALVINAS.

AQUÍ LA HOMILÍA DEL OBISPO:

Queridos hermanos:

Estamos celebrando la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo.  Unidos a toda la Iglesia, esta ciudad de San Salvador, como parte de nuestra Iglesia Diocesana, quiere una vez más,  rendir público homenaje de adoración al Misterio de Jesús presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

La solemnidad del “Corpus Christi” nació precisamente para ayudar a los cristianos a tomar conciencia de esta presencia de Cristo entre nosotros, para mantener despierto lo que San Juan Pablo II llamaba el “estupor eucarístico”, es decir, la capacidad de asombrarnos cada vez más  ante esta “enormidad”  que es la Eucaristía.

Este gran misterio supera cualquier esfuerzo humano por comprender su sentido insondable.  Sólo se comprende si concebimos que Dios es Amor.  Llamados a la vida eterna, a la vida de Dios, nuestra vida se encuentra en el amor de Dios con un amor tan grande que vence todas nuestras debilidades.

El mismo San Juan Pablo II nos decía: “El culto a la Eucaristía es de inestimable valor en la vida de la Iglesia…Es bello quedarse con Él e inclinados sobre su pecho, como el discípulo predilecto, ser tocados por el amor infinito de su corazón… Hay una necesidad renovada de permanecer largo tiempo, en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento”. Y agregaba: “¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y de ella he sacado fuerzas, consuelo, sostén!” (Juan Pablo II,  Ecclesia de Eucharistía n. 25).

El Señor, “pan vivo”, continuamente está a nuestra disposición.  Él nos ayuda a vivir en la fe, esperanza y caridad y a gustar desde ahora, incluso sufriendo la soledad del desierto en esta vida, la verdad de la resurrección.-

Ahora bien: todos los que comulgamos nos unimos en un solo cuerpo con Jesús,  para poder vivir y amar como Él vive y ama.  Lejos de encerrarnos en nosotros mismos, la comunión tiene que abrirnos para amar la vida y amar cada vez más a Dios y a nuestros hermanos.

Amar la vida es descubrirla como un don precioso de Dios, que quiere compartir con nosotros su dichosa existencia.  Aunque el instinto natural nos mueve a acoger la vida, respetarla y cuidarla, sin embargo, esta percepción se oscurece muchas veces en la cultura y en nosotros mismos.  Frente a una cultura de la muerte que nos amenaza de tantas formas, hace falta que los cristianos seamos capaces de vivir y transmitir a Jesús que ha venido para que tengamos Vida y la tengamos en abundancia.

Por eso los Obispos hemos insistido tanto en el fortaleciendo de la conciencia en el respeto y el cuidado de la vida, de toda vida:

 “… cuando hablamos del don de la vida, regalo sagrado de Dios a los hombres, ‘nos referimos a la vida de cada persona en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural’ y en todas sus dimensiones: física, espiritual, familiar, social, política, religiosa, etc.

Estamos convencidos de que no podremos construir una Nación que nos incluya a todos si no prevalece en nuestro proyecto de país el derecho primario de toda persona sin excepción: el derecho a la vida desde la concepción, protegiendo la vida de la madre embarazada, y, potenciando el vínculo madre-hijo a fin de cuidar su calidad de vida hasta la muerte natural. Debemos encontrar caminos para cuidar la vida de la madre y del hijo por nacer, y así, salvar a los dos” (Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, 14 de octubre de 2010).

El Cristo que reconocemos presente y adoramos en la Eucaristía es el mismo Cristo que hoy reclama nuestro amor en nuestros hermanos que sufren.  Los Obispos han dicho en Aparecida (393): “Los cristianos como discípulos y misioneros estamos llamados a contemplar en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: “Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo”.

Ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40).

En el contexto de este barrio que hoy nos acoge desde su pobreza para celebrar la Eucaristía, no podemos dejar de pensar que entre los pobres más pobres están los niños, adolescentes y jóvenes que hipotecan su vida por las adicciones, que viven esclavizados por la droga habiendo perdido su dignidad, que mueren todos los días como consecuencia de este flagelo.

“No se puede  menos que constatar con tristeza que la cultura de la muerte amenaza con superar el amor a la vida (…) , la muerte provocada por la violencia y con la droga”.  “Nos enfrentamos a un fenómeno de dimensiones aterradoras, no sólo por el elevadísimo número de vidas truncadas, sino también por la preocupante difusión del contagio moral que, desde hace tiempo, está alcanzando incluso a los más jóvenes, como en el caso – no infrecuente, por desgracia – de niños obligados a hacerse vendedores y, con sus compañeros, también consumidores” (JP.II:  L’Oss. Romano, Ed. En lengua española, 29 – 11 – 91, p. 10).

Por ello, en esta solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, no podemos dejar de relacionar ambas realidades: el cuerpo de nuestros hermanos más pobres adictos que encontramos en la esquina, en la plaza, y el Cuerpo del Señor que hoy solemnemente llevamos en procesión por las calles de nuestros barrios y ciudades.

Frente a todo lo que nos deshumaniza y opaca el sentido de la vida; frente a la tentación de achicar la Mesa del banquete de la vida; frente a la pretensión de construir un mundo sin Dios, o incluso contra Dios, los cristianos creemos que ese proyecto indefectiblemente se vuelve contra el mismo ser humano y contra el bien de nuestro pueblo.   Por eso queremos proponer caminos de vida verdadera y plena para todos, caminos de vida eterna.  Caminos que nos conducen por la fe a gustar la plenitud de Vida que Cristo nos ha traído.  Con esta vida divina se desarrolla también en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural.

Esta propuesta la queremos proponer con humildad, pero con la convicción con que Jesús se presentaba a sí mismo diciendo: Yo soy el camino, la verdad y la Vida.  Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.  Yo soy el Pan de vida.

Queremos anunciar “el amor de Dios que no quiere la muerte, sino la conversión y la vida” (Ez. 18,23).

Danos, Señor,  con tu Pan de Vida la fuerza que necesitamos para ello.  Que tu Cuerpo y tu Sangre entregados por Amor a nosotros nos hagan alegres mensajeros de la buena noticia del Evangelio de la Vida para todos nuestros hermanos.  Y que así como te reconocemos realmente presente en este santo Sacramento, así te reconozcamos también en nuestros hermanos que sufren todo tipo de pobreza y marginación.    Así sea.

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